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¡Con las Flores! (Historia Corta de Zyra)

Rengar

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La humedad del mercado de Tonnika, así como el olor penetrante de la multitud, solía orillar a los compradores a tomar decisiones apresuradas, pero Hatilly permanecía absorta. Sus ojos se habían posado en el extravagante y enmarañado capullo recubierto por unas marchitas hojas rojas, un espécimen que no había visto nunca antes.

''No te la recomiendo'', dijo el viejo florista. ''Es una extraña zyquídea de flor nocturna. Fue extraída de las junglas del sur, donde la luz del sol jamás toca el suelo del bosque. Es más para los fabricantes de pociones y alquimistas''.


El comerciante le mostró un ramo de rosas de zafiro. ''En cambio, estas vienen desde la lejana Jonia. Fui yo quien procuró su adaptación al robusto suelo de Kumangra... ¿O tal vez prefieras unas perlas de la luna?''.

Las opciones no convencieron a Hatilly. Las rosas de zafiro y las perlas de la luna exponían sus colores ante todas las miradas. Por el contrario, la zyquídea irradiaba un potencial exótico, como los lirios de kraken en el Delta Sinuoso, o los tulipanes cadavéricos de Paretha. Las flores extravagantes eran precisamente su debilidad, así como la de Cazworth.

''Me llevo la zyquídea''.

A pesar de la duda dibujada en su rostro, el florista aceptó el oro que Hatilly puso en la palma de su mano. Con destreza, acunó el capullo en un nido de seda húmeda y colocó el paquete en las manos ansiosas de Hatilly. Se dio cuenta de que las raíces aéreas de su planta se aferraban a una esquirla de algo duro y blanquecino.

''¿Qué es esto?''.

''Las zyquídeas suelen aferrarse a objetos extraños'', respondió el comerciante. ''Esa no suelta ese pedacito de hueso''.

Cazworth estaba encorvado sobre su escritorio antiguo, escribiendo una serie de anotaciones en los márgenes de su libro de registros, bajo la luz de una vela. No alzó la vista sino hasta que Hatilly colocó la maceta de cerámica sobre su mesa. La extraña zyquídea, medio enterrada en un montículo de tierra mojada, ya parecía estar contenta: sus tonos rojos y verdes eran vibrantes y rebozaban vitalidad.

''Un regalo por brotar para un hombre de negocios que florece''. Besó la mejilla de Cazworth, sintiéndose ingeniosa. Él sonrió y se dispuso a examinar el espécimen.

''Cuando dijiste que necesitabas flores para embellecer la casa, pensé que serían coloridas''. Cazworth picó la planta con su pluma. ''¿Qué es este curioso amiguito?''.

''Un regalo sumamente extravagante para celebrar la apertura de la novísima tienda de suministros de Kumangra superior: Productos Exóticos de Cazworth''.

Cazworth acercó a su esposa a su regazo.

''Bueno, si tú dices que esto es una rareza, entonces debemos celebrar''.

La besó dulcemente. Un pétalo se abrió, desdoblándose hacia la habitación que iba quedando en la penumbra.

''Ya está comenzando'', dijo Hatilly. ''¿Te quedarás despierto toda la noche?''.

''Es lo más probable. Aún hay varias facturas que tengo que timbrar. A los socios todavía les preocupan las rutas de envío...''.

Hatilly bostezó.

''Discúlpame por aburrirte, querida esposa. Ve a la cama. Te despertaré cuando comience a florecer''.

''Gracias, amado esposo''.

Hatilly despertó al sentir algo que se arrastraba por su tobillo.


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Las escurrihormigas estaban por todas partes, debido a la proximidad con la jungla. La sacudió de una patada. Somnolienta, giró hacia la almohada desocupada junto a ella. Cazworth aún no se acostaba.

El fastidioso insecto permaneció impávido ante el ataque y continuó arrastrándose por su pierna. Sacudió las sábanas y se dio cuenta de que no se trataba de un insecto, sino del zarcillo de una enredadera enroscándose entre los dedos de sus pies, envolviendo su tobillo y entrelazándose alrededor de su pierna.

El pánico reemplazó el letargo del sueño en su mente.

Pataleó, pero no consiguió liberar su pierna de los brotes verdes y rojos. Se apretaban cada vez más, quemando su piel. Trató de arrancarlos con las uñas. Las espinas hicieron sangrar sus manos.

Los tallos serpenteantes abrieron un camino por debajo de la puerta del dormitorio, a través del cual brotaron raíces aéreas que treparon por la cama. Su mente pensó inmediatamente en Cazworth.

Armada con una linterna y un par de tijeras de costura, Hatilly siguió las enredaderas a través del pasillo de su casa. Su circunferencia se ensanchaba mientras se iba acercando a su punto de origen, el cual, como podía ver, era el estudio de Cazworth.

Le tomó varios intentos poder abrir la puerta. Hatilly no sabía qué era lo que le esperaría ahí, pero no era esto.

La habitación estaba cubierta, de piso a techo, con brotes florales. Con el destello de su linterna observó un danzante caos de colores obscenos. Bulbos exóticos pendían de las paredes, sus hojas con forma de dedos ondulaban como si estuvieran respirando hondo. Parecía que las flores se burlaban de ella en la oscuridad, exhibiendo sus pétalos arcoíris como señales de humo. Todos ellos habían brotado desde un solo nexo oscuro: un inmenso capullo cerrado que estaba sobre el sofá junto a la chimenea, en el que Hatilly solía leer mientras Cazworth trabajaba. Había pedazos de la maceta de cerámica y tierra regados por el suelo. La zyquídea había crecido más allá de su hábitat.

Todo tipo de protuberancias brotaban de sus pétalos palpitantes. El instinto de Hatilly le pedía a gritos que huyera de su casa y que la incendiara, para así calcinar a esa planta detestable. Pero no lo haría sin Cazworth. Las enredaderas se enroscaban alrededor de las patas de la silla, de las patas del escritorio, de las piernas de...

Su esposo.

Aún sentado en su silla, Cazworth estaba envuelto como si fuera un capullo, de la cabeza a los pies, por una masa de hojas que se retorcía. Descalza, resbalándose con el follaje que pisaba, Hatilly logró llegar hasta su esposo. Cortó frenéticamente las enredaderas, pero con cada tijeretazo, estas se apretaban cada vez más y crecían pequeñas espinas que la perforaban tanto a ella como a su esposo. La sangre chorreaba. En el sitio en el que caían las gotas, aparecían brotes de la zyquídea buscando alimentarse.

Hatilly logró liberar una de las manos de Cazworth: estaba pálida y fría al tacto.

La pestilencia inundó el aire, como si proviniera de un cuerpo en descomposición. Con lágrimas en los ojos, giró su cabeza hacia el sofá, en donde florecía el capullo de la zyquídea.

El hedor aumentó. Hatilly sintió arcadas. Los pétalos colosales comenzaron a desprenderse hacia atrás con capas coloridas, las cuales, a su vez, dejaron ver unos pétalos oblongos color rojo escarlata y verde profundo. Sus guirnaldas terminaban en puntas negras, revelando a una mujer en el sitio que ocupaban los estambres. Su cabello era rojo sangre. Su piel se parecía a las hojas. Las enredaderas y los pétalos la envolvían en una belleza mortífera. Sus ojos se abrieron. Su mirada evocó en Hatilly la de una pantera, cuyos iris se estrechaban en busca de su presa.

La mujer que floreció de la planta se incorporó.

Hatilly tomó las tijeras como si fueran una daga.

''¿Acaso ya me quieres podar?'', dijo la cosa con una voz profunda que envolvía a Hatilly.

''¿Qué eres?''.

''La flor que deseabas presenciar''.

La peste se desvaneció. El hedor de la muerte desapareció.

Hatilly inhaló fragancias dulces, flores de naranjo, el aroma de las rosas de zafiro, la esencia frutal de los lirios de kraken, el almizcle de las perlas de la luna, las notas delicadas de la glicinia. Había más aromas provenientes de flores secretas cuyos nombres conocía sin saberlo: olían a colores que sus ojos nunca habían visto. En la mente de Hatilly apareció un nombre...

Zyra.

''Gracias por el hermoso jardín'', dijo Zyra, asintiendo mientras miraba los restos de Cazworth. ''Me atendiste bien, pero necesitamos más alimento. Para que el suelo de aquí se vuelva más... fértil''.

Hatilly presenció visiones de un mundo cubierto por un ramo de muerte colorida. Era un hermoso caos de tonalidades, dulces y vibrantes, el cual sofocaba ciudades enteras. No había tumbas, ni guerra, ni dinero... Hatilly se quedó sin aliento. Ni siquiera sintió cuando las enredaderas la derribaron, tampoco cuando las espinas se enterraron en su carne, rasgando su piel, derramando su sangre.

''Entra al jardín que crece por siempre...'', susurró Zyra a través de los tallos y pétalos. ''La muerte florece, y tampoco quieres perderte los colores, ¿verdad?''.

Hatilly no contestó, ya estaba con las flores.